Juntxs en Eros & Furia:

Texto traducido EN-ES por M. Leoncia

(Escribo como asistente al encuentro y amiga de les expositores)

            El jueves por la tarde se proyecta una película en el encuentro. En el film, dos mujeres caminan a través de las ruinas de una cárcel en Estambul. En la sala de proyección, cuatro amigas se sientan tomadas de las manos. Es su historia la que está siendo contada en la pantalla; pasaron 10 años en esa misma cárcel. Tras ser liberadas, lograron visitar de nuevo las ruinas. Caminar por el lugar en el que estuvieron encerradas por tanto tiempo es una experiencia irreal. Una amiga se da cuenta por la película que la cárcel estuvo en el centro de la ciudad todo ese tiempo, cerca de sus amigxs —visible y aún así invencible. 

            Es la primera vez que ven la película juntas. Luego de haber sido puestas en libertad, las cuatro dejaron Turquía y continuaron con sus vidas en otro lugar; pero, la amistad y la confidencialidad han continuado desde entonces. 

            Al día siguiente, las cuatro amigas se reúnen en una sala multiusos en Mehringdamm, Berlín y comparten con la audiencia las historias de sus familias. Cuentan cómo crecieron en Turquía sin poder aprender kurdo: “era una vida secreta”, dijo una amiga que confesó no haber entendido que era kurda hasta que fue a la universidad. Sus padres hablaban kurdo en secreto y no se lo enseñaron para protegerla de la represión. Cuando conoció a las mujeres kurdas del movimiento, estaba profundamente conmovida. 

            En la década de los 90, las cuatro mujeres kurdas viven y estudian en Estambul; a partir de ese momento, dedican sus vidas a la lucha por la autonomía. Muchos jóvenes kurdos van a las montañas, otros combaten en la ciudad. La represión no tarda en llegar y comienzan las detenciones y tortura: “Ellos intentaban quebrarnos para romper a la sociedad”, dice una amiga. Los cuerpos femeninos eran un blanco de ataque predilecto ya que se consideraba “honorable” para la sociedad y el partido. 

            En 1992, la primera de ellas terminó en la cárcel. La mayoría de las mujeres presas sufrieron tortura mediante descargas eléctricas, tortura sexual, privación del sueño y horas de interrogación —por 18 días, 30 días y algunas hasta por 3 meses. Muchas acabaron en el hospital gravemente heridas. Bajo tortura, ninguna soltó la lengua. Las amigas cuentan que ellas bromeaban y compartían anécdotas sobre las torturas en prisión: “ellos intentaban quebrarnos, pero no lo lograban porque teníamos ideas y convicciones fuertes”. Según las estadísticas, las mujeres tienden a testificar menos: “yo no hablé, porque si les hubiese dado un nombre, ellos también habrían torturado a esa persona. Si no hablaba, la tortura terminaba conmigo. Si tus ideas son débiles, te quebraran”.

            Tras ser torturadas, las prisioneras eran separadas y distribuidas en diferentes centros de reclusión. Sin embargo, todas se opusieron con mayor resistencia a la opción de ser recluidas juntas, pero en una cárcel para presxs políticos. 

            En 1994, otras dos amigas llegan a la cárcel. Las nuevas reclusas son bienvenidas con calidez por todas las otras, pues les alegra que hayan sobrevivido a la tortura.  Al frente habla una de las amigas que llegó a la cárcel con un brazo roto. Las otras la ayudaron a lavarse y comer, la cuidaban. Las mujeres organizaron colectivamente su vida cotidiana en la prisión: “Teníamos entre 16 y 83 años”, las amigas sonríen entre ellas. Una y otra vez, se apoyan mutuamente en las anécdotas, es un hermoso vínculo el que las rodea. 

            Su rutina cotidiana está bien organizada. El desayuno es a las 7:00 a.m. y luego deporte. Pequeños grupos llevan a cabo tareas de limpieza, cocina y organización del espacio. Luego, algunas personas llevan a cabo actividades educativas. Por la tarde, hay talleres de formación ideológica. Después del atardecer, hay tiempo para el arte, el teatro y el canto. Acorde a las habilidades que las mujeres traen consigo, toman responsabilidades y enseñan lo que pueden hacer. Por ejemplo, tejer, cantar, escribir y leer. 

            En la cárcel, entre 50 y 70 mujeres vivían juntas, indica una amiga: “nos teníamos que organizar nosotras mismas”. Un plan educativo era preparado para cada año: “historia económica, feminismo, surgimiento de los Estados, historia de la religión”… Los tópicos eran clasificados, preparados y discutidos. 

            Durante las visitas familiares, había actividades de organización, limpieza y cocina. Todas venían juntas y aquellas sin familiares eran integradas a otras familias. 

            Una vez recluidas, las mujeres desconocen cuánto tiempo estarán detenidas. Hace 30 años que algunas camaradas habían sido encarceladas. Una compañera en el escenario contó cómo una prisionera había llorado desconsolada por haber pasado un año en prisión, mientras un guardia señalaba a otra de las amigas diciendo: “ella ha estado aquí por 7 años. Un año no es nada”. Las amigas al frente se ríen de estas historias. 

          El apoyo mutuo orientaba sus días en la prisión. Las cómplices escondían sus libros de las pesquisas. Repiten también que hicieron juntas huelgas de hambre: “en la cárcel, el régimen decide sobre tu cuerpo, así que tuvimos que resguardar nuestras mentes” dijo una de las expositoras. La huelga de hambre también incluía la renegociación del control sobre el propio cuerpo.

            “La huelga de hambre era nuestro único modo de resistencia, eran nuestros cuerpos los que peleaban contra el régimen fascista”, dice una amiga. Las huelgas de hambre eran frecuentes: cuando camaradas eran asesinadas, cuando el régimen atacaba la cárcel de mujeres en Sivaz, cuando se les prohibía la visita a los familiares… En 1995, las amigas sostuvieron una huelga de hambre por casi seis meses sin interrupción.

            Las amigas comparten lo que implica una amistad entre mujeres con dificultades compartidas, entre mujeres encarceladas: “no tienes que amarlas a todas, pero tienes que respetarlas”. También hablan sobre las fricciones, las dificultades y abusos de poder de camaradas que eran mujeres: “estábamos muy unidas por una amistad muy fuerte, nos podíamos entender sin hablarnos”. Algunas personas hablaron bajo tortura, es entendible —dice una amiga—, pero hay otros que cooperaron activamente con la policía: “eso es inaceptable”. 

            Al final de la conversación, otra amiga sube al escenario. Ella también estuvo en la cárcel con las otras por algunos meses y ahora es cantante en Berlín; canta una canción para nosotrxs, así como lo hizo para sus amigas en la prisión en aquel entonces. Toda la audiencia escucha con atención, es un momento íntimo y personal al que somos invitadxs como oyentes. 

            “Sobreviví a la cárcel solo con-amigas” dice una de ellas para concluir. 

            Deseo que tanto yo como mis camaradas aquí presentes sigamos forjando nuestras amistades revolucionarias y que las cultivemos y crezcamos a partir de ellas. 

 

 

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