(Celebración de lxs muertxs)
Se (30 de octubre)
Los primeros vientos fríos cargados del aroma a pan y leña atraviesan las calles de esta ciudad. Una semi-ciudad que hace poco también era pueblo. Una vez dentro de la casa de doña Conchis -misma que ha convertido en panadería-, este cuerpo encuentra su calor con los otros ahí formados para recibir su compra. Lxs defensores de castas dicen que es nieta de los primeros mestizos de aquí. De piel muy blanca y canas. Sonríe. Enuncia un apodo tierno en diminutivo, el que utilizaba cuando yo me escondía en las faldas de mi abuela mientras lavaba la ropa de todxs sus hijxs, ahí, por $20 todo el día en ese mismo lavadero que se asoma en el corredor. Me hace las mismas preguntas de siempre con cariño y pasando por alto a lxs demás, añade qué cuánto pan de muerto llevaré este año.
–Esta vez mi abuelo quiere revenderlo en el pueblo, también para sacar algo para la ofrenda.
–Sólo porque vienes y me lo pides tú. A él se lo hubiera negado, que vaya e intente buscar otro pan bueno. Lleva los canastones que quieras. Hay de cuerda, muñequitos, liso, hojaldre, bolillo. Agarra además tres piezas grandes cuales sean. Pero esas no las vendas, las pones de ofrenda. Dile a Esperanza que se las mando yo. También agarra para ti.
Regreso a casa en la camioneta con seis canastones a reventar. En 30 años esa casa ha pasado de ser de barro y carrizo a ser de concreto con influencia brutalista. Pero nunca dejó de ser oscura, fría, con sombras sospechosas y silencios que apresuran toda niñez a su abandono. De todos modos, nunca tan fracturada como ahora. Cada quién se ocupa de sus tareas, sin dirigirse palabra unxs con otrxs. La justificación de lazos sanguíneos es tan terrible como aburrida. Voy al patio con las comadres de la familia. Se encuentran en círculo dando los mejores temas de conversación en la lengua que no domina. Al centro una cacerola gigante de mole. Nos turnamos para menearlo con fuerza sino se quema. Las risas se interrumpen porque hay un perro cerca y puede brincarle aceite.
—¡Chiche![1]
Es Manchas, el perro que trajeron de más adentro de la montaña hace años. Entre todas sus opciones, decide siempre acercarse a donde ando, creo que porque sólo yo le hago plática. A veces me hinco a su altura, le pregunto que si no nos necesita por qué sigue con nosotrxs. Ahí jadea y me esquiva la mirada. Cuando llegó advirtieron que es el cruce entre coyotes y perros. Lo he creído porque sus patas nunca se cansan, la enfermedad no lo conoce, no acepta croquetas ni tortilla, busca por si sólo animales vivos para comer, no lo he visto rogar por cariño y sabe llegar sin compañía a cada lugar del pueblo. En las ciudades cuando los perros limitados por una correa se alebrestan, su humano tranquiliza a las presas con un “no pasa nada que no muerde”, pero a mi me divierte decirles a todxs “mejor quítate que muerde fuerte” porque es cierto. Aunque tampoco ladra tanto salvo contadas situaciones que en su lenguaje animal significan algo. Como esas veces que los tecolotes llegaron a pararse en los castillos de la casa. Tan seguros de sí mismos cantaron algunas notas y —a pesar de las pedradas desesperadas de mi abuelo— ni los ladridos, ni el ulular cesaron en ese momento. Tampoco se evitaron las muertes en la familia luego de su visita. Yo me enteré de eso porque los vecinos en tono burlón y decepcionado le gritaban a mi abuelo “¡Leonardo tsontetl, maka xikintojtokau yajuamej tetsawimej!”[2].
Ome (31 de octubre)
Cuando estoy en la ciudad difícilmente me pega el sol porque los edificios son altos. Entonces mi cuerpo no reconoce cuando hay que dormir o despertar. Nadamas escucho los pájaros mañaneros y ahí mi cuerpo no tiene de otra que rendirse al sueño. Por esas costumbres hoy no dormí nada, es más, cuando en la bocina daban los anuncios del día para todo el pueblo, señalando las 5:00 am, a mi recién me daba sueño. Pero mi tía -que ya no disfruta dormir sola-, se levantó de la cama recordándome que en unos minutos sería el momento de llevar nuestras cosas a la plaza e iniciar la venta.
En otro momento trasnochar me aquejaría. Pero ahora mismo el viento presume ser tranquilo, las gotas de rocío cristalizan el mínimo detalle, y el violento choque del frío con mi calor causa vaho disparado en aliento. Es esto a lo que llaman alba. No hay mecanicidad predispuesta. Cada quien hace lo suyo con los respectivos puestos, como cuidando de no despertar al día todavía. La pila de agua al centro de la plaza continúa emanando para quien quiera beber. Manchas es el primero.
Pareciera un orden de llegada planificado. Primero quienes cosecharon sus flores y frutos –cempoalxóchitl, terciopelo morado, crisantemos blancos, gladiolas y claveles protagonizan-, luego quienes venden pan, seguidxs por carniceros y al último, quienes bordan y tejen manteles, petates, morrales, rebozos.
Este año yo me ofrecí a vender el pan, las calabazas crecidas en el terreno, el mole hecho en el patio y el chocolate que hicimos con mi madre. Ya llevaba rato en méxico y extrañaba platicar con la gente. Mi abuelo dice que eso no es bueno para el negocio porque uno termina regalando lo que vende nomás por la alegría de convivir. Pero me gusta hacerlo enojar.
La venta hoy es floja y sólo se llevan las piezas pequeñas. Este día toca ofrendar a lxs niñxs. Pasan varixs, reconozco a mis primxs, primxs de mis abuelxs, primxs de mi padre, tíxs de mis tíxs, sobrinas de mis bisabuelxs, también a lxs padrinos y madrinas de la boda que causó mi nacimiento. Mientras escogen el pan preguntan si es del bueno, o que si la receta del chocolate y el mole que traje es la misma de todos los años. Para confirmarlo voy regalando pruebas o piezas enteras. Nadie pregunta por las muertes porque todxs saben.
Hay momentos en que se amontonan del otro lado de los canastones. Nunca he tenido habilidades para el dinero ni las cuentas. Desde los primeros años de escuela, mis maestros me acusaban de eso, porque a comparación de mis compañerxs yo no trabajaba. Nunca había necesitado saberme la tabla del ocho para atender a varia gente hablándome al mismo tiempo, pero me lo advirtieron. Son cosas de la vida, no de trabajo.
Hay momentos otros en que veo a algunxs cambiar jícamas, queso, memelas, tamales, o flores a cambio de otras cosas. Yo entro a jugar y ofrezco cambiar panes. Incluso un chamaquito me propuso darme un dibujo si le daba una pieza chiquita. Todo cambio parecer ser justo. También hay horas seguidas en que no hay nada. En esas me es imposible sólo tomar asiento y no aburrirme. Pero debo esperar hasta el atardecer porque a esa hora también da hambre y vienen por más.












